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¿Es un pájaro? ¿Es un avión? Noo… ¡¡¡Es el ángel estrellado!!!

¡¡¡Lo he encontrado!!!

Después de algún paseo que otro por la calle Mayor de Madrid,  he topado con un ángel un tanto extraño en la azotea de un edificio de la calle de los Milaneses frente al mercado de San Miguel. El brazo torcido y roto, el cráneo hundido en el cemento y los pies en el aire. Así de esta guisa se presenta nuestro particular ser alado. Tal estatua fue colocada ahí por deseo expreso de los propietarios. La escultura turquesa está realiza en bronce y tiene un peso de 300 kilos.

Después de múltiples especulaciones por parte de vecinos sobre la supuesta identidad satánica de nuestro “hombrecito alado”, el autor de la obra Miguel Angel Ruiz no ha tenido más remedio que salir al paso diciendo: “Ni Ícaro, ni el diablo. Es un aviador distraído”.El título de la obra es Accidente aéreo.

Una entrevista al escultor el 11/08/07 en el periódico El País cuenta lo siguiente:

Toda narración tiene dos versiones; el mito y la crónica. “Las palabras y las explicaciones empequeñecen las cosas”, dice el escultor que tiene manos grandes de escultor y la cabeza quemada. Acaba de volver del Kilimanjaro, “donde duermen los dioses”. A pocos metros de la cima, se dio la vuelta. No quiso hacerse una foto de sonrisa tonta que destruyese la magia. Es normal entonces que cuando se le pregunta por la historia de la estatua, él conteste con el mito: “Hace 10.000 años un hombre alado sale a dar una vuelta, y al volver, volando tranquilamente de espaldas, mientras toma el sol, no se percata de que en el prado que aterriza siempre ha crecido toda una ciudad. El resultado es este accidente; una escultura del despiste, una estatua pre-Samur”.

Incluso los mitos tienen su lógica: “Hoy entendemos dabuten el vuelo cotidiano, pero hace 100 años, que yo cene un día en Nairobi y desayune al siguiente en Madrid, habría parecido cosa de marcianos”, dice Ruiz con deje de Chamberí y pinta de rockero. “El tiempo es sólo un concepto cerrado por el lenguaje. Abrámoslo. ¿Por qué no creer que, en otro tiempo, un tipo tarda miles de años en ir a por el pan?”.

En la crónica, las preguntas son más prosaicas.

¿Qué es? Una escultura de bronce con pátina de cobre de “rollo neoclásico”. “Desde la azotea ves todas las estatuas del skyline”, dice Ruiz, “fue como colocarles un primo nuevo,

el bicho debía convivir con ellas; y así camuflado, con el paso de los años, sera complicado saber cuándo llegó”.

¿Y cuándo llegó? “En enero de 2005, aunque un huevo de gente aún no la ha visto”.

¿Dónde está? Milaneses, 3, esquina con Mayor, en una preciosa cornisa del centro de Madrid. “Me da igual el sitio”, dice el artista, “hay que comer y todas las esquinas son importantes”.

¿Cómo llegó allí? La finca es de la inmobiliaria Donato Lasa, propiedad de dos hermanos clientes y amigos de Miguel Ángel Ruiz.

¿Y quién es él? Madrileño, de 45 años. Fue batería de rock, ha trabajado de todo, se metió en el arte pasados los 30. Bebe agua con gas; antes no. Conduce una Triumph y tiene un casco con una estrella. Si ha de señalar una constante en su obra escoge “la sensación de que en todo hay algo de fracaso”. Por eso, en Accidente aéreo, el brazo del aviador está tan retorcido: “Quería hacer hincapié en la hostia, distanciarlo del Ángel Caído. Lo de la culpa judeocristiana me parece un coñazo, nada más lejos de mi intención, esto es un accidente, un fracaso cotidiano, uno de tantos”. Este hombre alado no reparte moralina. Aquí no hay desobediencia al padre ni castigo. La alegoría de Accidente aéreo es más prosáica. Es un mito más de andar por casa, como una crónica: iba un señor volando tan tranquilo y se estrelló. El mensaje: shit happens, sic transit… Así es la vida.

Aquí os dejo las fotos que tomé nada más encontrarlo. No fue tarea fácil os lo aseguro. Paseo para arriba, paseo para abajo, analizando edificio a edificio cabeza arriba. El esfuerzo (lo que se desea nunca supone un esfuerzo), por llamarlo de alguna manera, ha valido la pena.