Archive | agosto 2012

Carta a mi abuela

 

Ocaso (2010). Jose Luis Ceña Ruiz

Abuela, ¿por qué me has dejado sola en este mundo de incomprendidos e inconexos? Qué voy a hacer sin ti…

Ya no creo en la justicia, ni en la esperanza, ni en el olvido. Ya no creo en nada. Alguien me arrancó sin ningún tipo de piedad de tus frágiles brazos que me pedían a gritos hace escasamente tres días y ahora me falla el ánimo del gesto y la potencia del corazón.

Ahora sé lo es que tener un profundo e intenso dolor en el pecho, ahora sé lo que es sentir cuchillos de metal atravesando el alma y agonizar en vida.

Dame tiempo, tu marcha está muy reciente y todavía tengo que asimilar que ya no volverás a cocinar con todo tu mimo, ni que ya no sonarás al otro lado del teléfono, ni que ya no me recibirás con besos de bienvenida. Recobraré la entereza poco a poco y con ella vendrá mi sonrisa, aquella que te encandilaba constantemente y te hacía la vida más bonita.

Siempre guardabas en los bolsillos del delantal montones de flores para mí y yo me sentía más guapa que nunca, por dentro y por fuera. Contigo vestía el disfraz de rosa cada día, contigo la vida tenía otros aromas y colores que no consigo alcanzar ahora. Pero lo que tú no sabías es que la auténtica flor que resplandecía en el rosal eras tú, tan guapa por fuera con tu cabello blanco y tu piel envidiable pese al paso del tiempo, pero infinitamente hermosa por dentro. Tan buena y generosa con todos que te olvidabas de ti, y a mí no me dejabas más opción que pronunciarte regañinas. La vida así te ha pagado tanta atención y ternura, no hay derecho joder. ¡¡Maldita sea!!

Ojalá pudiese ponerme en tu lugar y dar la vida por ti abuela, porque todo lo que soy lo debo a tu persona. Tú me enseñaste todo.

Perdóname si alguna vez te he fallado, si no estuve todo lo que tenía que estar. Me pregunto una y otra vez si te cuidé bien. Tu mirada me decía que no lo hacía mal del todo, tus manos hablaban por tus labios ya mudos, me buscaban y me suplicaban que no te soltara y yo me acostaba a tu lado, te acariciaba las mejillas y te llenaba las arrugas de amor.  

Perdóname por no comer tus lentejas. Siempre fui un poco tiquismiquis con el tenedor y aun así tú me consentías con meriendas de Nocilla y bollitos de leche.

Perdóname por no haberte confesado nunca que fui yo quien con diez años partió en dos aquella figurita que decoraba la mesa del salón-comedor. Tenía miedo abuela, el abuelo siempre nos puso las cosas muy claras y yo las percibía negrísimas con los ojos de la infancia. Tenías que verlo ahora, si supieras cómo te ha cuidado y mimado todos estos días de infierno, cómo llora tu pérdida… Únicamente quería estar contigo en tus últimas respiraciones y hacerte tu descanso lo más sencillo posible. La enfermedad le ha debilitado el carácter y es que 60 años juntos compartiendo el mismo techo son muchos años. Cuidaremos de él lo mejor que sepamos y nunca estará solo. Te lo prometo. El abuelo es tu otra mitad y te amará por los siglos de los siglos aquí y allí. Estoy preocupada por él, apenas come y le reprendo, pero le digo que tiene que alimentarse por él y por ti, por cuando ya no podías abrir la boca para mantenerte, y entonces surge un esfuerzo de sus entrañas y asiente con los cubiertos.

Te prometo también que cumpliré todos aquellos deseos que pedías para mí, y que seré feliz sobre todas las cosas, vengan como vengan.

Te prometo que nada ni nadie que no merezca la pena será capaz de lastimarme, ni siquiera de hacerme un rasguño.

Te prometo que tarde o temprano dejaré de llorar. Sé lo que te dolería verme con el rostro hinchado y barrido por la tristeza, eras demasiado humilde para dejar que lloren por ti.

Y te prometo también que no habrá ni un solo día de mi vida que no te piense.

Algún día nos volveremos a encontrar y no nos separaremos jamás.

Te quiero mucho abuela. Te lo he dicho en bajito al oído la última vez que me tumbé a tu lado. Tenías los ojitos cerrados y comenzaba a desfallecer tu inmenso corazón, pero sé que pudiste escucharme. Resbalaba una lágrima.

(Cómo cuesta escribirte en pasado, buffff…).

 

Estado de sitio

 

Creo que, para su evasión, aprovechó una migración de pájaros silvestres.

 

Golden Brown

 

me tiene enganchada.

 

Desafío a la vejez

 

 Cuando yo llegue a vieja
-si es que llego-
y me mire al espejo
y me cuente las arrugas
como una delicada orografía
de distendida piel.
Cuando pueda contar las marcas
que han dejado las lágrimas
y las preocupaciones,
y ya mi cuerpo responda despacio
a mis deseos,
cuando vea mi vida envuelta
en venas azules,
en profundas ojeras,
y suelte blanca mi cabellera
para dormirme temprano
-como corresponde-
cuando vengan mis nietos
a sentarse sobre mis rodillas
enmohecidas por el paso de muchos inviernos,
sé que todavía mi corazón
estará -rebelde- tic taqueando
y las dudas y los anchos horizontes
también saludarán
mis mañanas.

Gioconda Belli

 

 

Tierra II

Sé que me repito, pero no he podido resistirme a esta Tierra de arena mojada lejana ahora a mis pies descalzos, a estas aguas atlánticas que me vieron nacer, a estas nubes trazadas en el cielo y a esta sinfonía de verbos modulados por dos voces de estado.

Y es que me encuentro que la vida siempre tiene algo preparado.