Colores

 

 

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About Pau

el peatón de mí es una hormiguita

16 responses to “Colores”

  1. 1cruzdelsur says :

    Acuarela……………………………………..

  2. Pablo says :

    Andaaaaaaaaaaaaa La joven de la perla😀 me gustó mucho la peli. Tengo un cuadro de Vermeer en un cuarto de mi casa…bueno, una litografía jejejeje que el original no me lo quieren dejar😉

  3. Ghibli says :

    Suena a coña, pero la fotografía de esa película es realmente espectacular…

  4. uvepece says :

    Me gustó mucho esta peli! Y sobre todo esto… cómo explicaba cómo se hacían los colores y ver cómo ella los preparaba🙂
    Un beso!

    • Pau says :

      Sobre todo ver cómo los preparaba, no?? La imaginación es muy maaaaaaala, mala😉
      Besos.

      • uvepece says :

        Se los preparaba ella no? Es que la ví hace tiempo e igual se me está yendo la pinza😀
        No la enseñaba a prepararlos y luego se la veía a ella preparar los colores?

        • Pau says :

          Sí, yo la ví un par de veces hace tiempo también. Tengo que volver a rescatarla de la estantería que me está apeteciendo. Más que nada como dijo Ghibli por la preciosidad de la fotografía.
          Un abrazo!!

  5. 1cruzdelsur says :

    No todo en la vida es de un color o de otro. Miren sino el arco iris.
    – Paulo Coelho

    Aquí tienes más colores…

  6. george says :

    VERMEER

    Mientras esa mujer del Rijksmuseum
    con esa calma y concentración pintadas
    siga vertiendo día tras día
    leche de la jarra al cuenco
    no merecerá el Mundo
    el fin del mundo.

    Wislawa Szymborska – Aquí (Bartleby, 2009)

    ****

    bon nuit,
    j.

    • Pau says :

      LA LECHERA DE VERMEER

      Claro que nunca podré pagar lo que mi madre hizo por mí, ni nunca seré capaz de escribir algo comparable al Correio que Miguel Torga fechó en Coímbra el 3 de septiembre de 1941.
      — “Filho”…
      E o que a seguir se lê
      É de uma tal pureza e um tal brilho,
      Que até da minha escuridao se vé *.

      Mi madre era lechera. Tiraba de un carrito con dos grandes jarras de zinc. La leche que repartía era la de las vacas de mi abuelo Manuel, de Corpo Santo, a una docena de kilómetros de la ciudad. Este abuelo mío, cuando era joven, tuvo un día en la mano la pluma de escribir del párroco y dijo: “¡Qué letra más bonita tendría si supiese escribir!”. Y aprendió a hacerlo con una hermosa letra de formas vegetales. Por encargo de las familias, hizo cientos de cartas a emigrantes. En su escritorio vi por vez primera, en postal, la Estatua de la Libertad, las Cataratas del Iguazú y un jinete gaucho por la Pampa. Nosotros vivíamos en el barrio de Monte Alto de Coruña, en un bajo de la calle dé Santo Tomás, tan bajo que había cucarachas que se refugiaban en las baldosas movidas. A veces jugaba contra ellas, situándolas en el ejército enemigo. Yo conocía el miedo, pero no el terror. Voy a contarles cómo entré en contacto con el terror. Mi madre la lechera se va con su carrito y sus jarras de zinc. Estoy jugando con mi hermana María. De repente, escuchamos estallidos y un gran alboroto en la calle. Nos asomamos a la ventana del bajo para ver qué pasa. Pegados al cristal, descubrimos
      el terror. El terror viene hacia nosotros. Mi madre nos encontró abrazados y llorando en el baño. El terror era el Rey Cabezudo.

      En 1960 yo tengo tres años. Por la tarde, escucho los cánticos de los presos en el patío de la cárcel. Por la noche, los destellos de la Torre de Hércules giran como aspas cósmicas sobre la cabecera de la cama. La luz del faro es un detalle importante para mí: mi padre está al otro lado del mar, en un sitio que llaman La Guaira.

      Tengo tres años. Lo recuerdo todo muy bien. Mejor que lo que ha ocurrido hoy, antes de comenzar esta historia. Incluso recuerdo lo que los otros aseguran que no sucedió. Por ejemplo. Mi padrino, no sé cómo lo ha conseguido, trae un pavo para la fiesta de Navidad. La víspera, el animal huye hacia el monte de la Torre de Hércules. Todos los vecinos lo persiguen. Cuando están a punto de pillarlo, el pavo echa a volar de una forma imposible y se pierde en el mar como un ganso salvaje. Ésa fue una de las cosas que yo vi y no sucedieron.

      En 1992 fui a Amsterdam por vez primera. Aquel viaje tan deseado era para mí una especie de peregrinación. Estaba ansioso por ver Los comedores de patatas. Ante aquel cuadro de misterioso fervor, el más hondamente religioso de cuantos he visto, la verdadera representación de la Sagrada Familia, reprimí el impulso de arrodillarme. Tuve miedo de llamar la atención como un turista excéntrico, de esos que pasean por una catedral con gafas de sol y pantalón bermudas. En castellano hay dos palabras: hervor y fervor. En gallego sólo hay una: fervor. La luz del hervor de la fuente de patatas asciende hacia la tenue lámpara e ilumina los rostros de la familia campesina que miran con fervor el sagrado alimento, el humilde fruto de la tierra. También fui al Rijksmuseum y allí encontré La lechera de Vermeer.

      El embrujo de La lechera, pintado en 1660, radica en la luz. Expertos y críticos han escrito textos muy sugerentes sobre la naturaleza de esa luminosidad, pero la última conclusión es siempre un interrogante. Es lo que llaman el misterio de Vermeer. Antes de ir a parar al Rijksmuseum, tuvo varios propietarios.

      En 1798 fue vendido por un tal Jan Jacob a un tal J. Spaan por un precio dé 1.500 florines. En el inventario se hace la siguiente observación: “La luz, entrando por una ventana en el lateral, da una impresión milagrosamente natural”.

      Ante esa pintura, yo tengo tres años. Conozco a aquella mujer. Sé la respuesta al enigma de la luz.

      Hace siglos, madre, en Delft, ¿recuerdas?,
      tú vertías la jarra en casa de Johannes
      Vermeer, el pintor, el marido de Catharina Bolnes,
      hija de la señora María Thins, aquella estirada,
      que tenía otro hijo medio loco,
      Wíllem, si mal no recuerdo,
      el que deshonró a la pobre Mary Gerrits,
      la criada que ahora abre la puerta
      para que entres tú, madre,
      y te acerques a la mesa del rincón
      y con la jarra derrames mariposas de luz
      que el ganado de los tuyos apacentó
      en los verdes y sombríos tapices de Delft.
      La misma que yo soñé en el Rijksmuseum,
      Johannes Vermeer encalará con leche
      esas paredes, el latón, el cesto, el pan,
      tus brazos,
      aunque en la ficción del cuadro
      la fuente luminosa es la ventana.
      La luz de Vermeer, ese enigma de siglos,
      esa claridad inefable sacudida de las manos de Dios,
      leche por tí ordeñada en el establo oscuro,
      a la hora de los murciélagos.

      Cuando le di a leer el poema a mi madre, ni siquiera pestañeó. Me sentí inseguro. Aunque hablaba de la luz, quizá era demasiado oscuro. Fui a un estante y cogí un libro sobre Vermeer, eel de John Michael Montias, en el que venía una reproducción de La lechera. Esta vez, mi madre pareció impresionada. Miró la estampa durante mucho tiempo sin hablar. Después guardó el poema y se fue.

      Días más tarde, mi madre volvió de visita a nuestra casa. Traía, como acostumbra, huevos de sus gallinas, y patatas, cebollas y lechugas de su huerta. Ella siempre dice: “Vayas donde vayas, lleva algo”. Antes de despedirse, dijo: “He traído también una cosa para tí”. Abrió el bolso y sacó un papel blanco doblado cómo un pañuelo de encaje. El papel envolvía una foto. Mi madre explicó que había ido de casa en casa de sus hermanas para poder recuperarla.

      La foto era de soltera. Anterior a 1960 pero muy posterior, desde luego, a 1660. Mi madre no recuerda quién fue el fotógrafo. Sí recuerda la casa, la dueña de mal carácter, el hijo medio loco y la criada que abría la puerta. Era una chica muy guapa, de cerca de Culleredo. “Un día fui y me abrió otra. A ella la habían despedido, pero yo nunca supe el porqué.” En su mirada había una pregunta: “¿Y tú cómo supiste lo de la pobre Mary?”. Luego sentenció: “Tras los pobres anda siempre la guadaña”.

      Por el contrario, mi madre no le daba ninguna importancia a que la mujer del cuadro y la de la foto se pareciesen tanto como dos gotas de leche.

      Manuel Rivas, “La lechera de Vermeer”, ¿Qué me quieres, amor?, Alfagura, Madrid, 1995, páginas 69-74.

      Boa tardiña🙂

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